PRIMERO: el motivo y fin
de él debe ser Dios; esto es, que vuestro amor debe ser un amor de caridad y un
amor cristiano, pues no todo amor es caridad. El amor que hay entre las gentes
del mundo es un amor sensual, humano, lleno de interés, y que casi siempre lo
referimos a nosotros mismos. San Agustín dice: Amas a tu mujer porque es el
objeto de tus placeres carnales; amas a tu amigo porque o vivís juntos, o
jugáis uno con otro; amas a tu amo porque te da bien de comer: lo mismo hacen
los infieles y paganos. Debéis, pues amar a vuestro prójimo con un amor de
caridad, y no por motivos naturales, sino por principios de religión; porque el
prójimo es imagen de Dios, es miembro de Jesucristo, y ha sido redimido con la
sangre del Hijo de Dios como vosotros. Debéis amar a vuestros semejantes, no
por atraerlos a vosotros ni a vuestros intereses, sino para llevarlos a Dios, y
que les conceda su amor y su santo temor: debéis amarlos, no para ser los
aprobantes de sus pasiones desregladas, o los cómplices de sus desórdenes, sino
para reprenderlos y corregirlos en lo posible. ¡Bello amor sería el que
tuviereis a vuestro amigo si lo amarais quizá para perderlo con vuestras
disoluciones, para llevarlo al juego, a las diversiones peligrosas, o tal vez a
otros lugares peores! Amar es querer bien: por esto no amáis a vuestro prójimo
si en cuanto podéis no le procuráis los verdaderos bienes, los cuales consisten
en el amor de Dios y en la eterna salvación: no lo amáis si no procuráis
librarlo de los verdaderos males, que son los pecados y las inclinaciones
viciosas. No amáis a vuestro hijo si no lo castigáis o reprendéis cuando ofende
a Dios de cualquier modo que sea; y lo mismo os corresponde hacer con respecto
a vuestros criados.
SEGUNDO: nuestro amor al
prójimo debe movernos a que nos compadezcamos de sus miserias, y que procuremos
en cuanto sea posible aliviársela con agrado, pues regularmente se hace todo lo
contrario. La aflicción de vuestro prójimo a veces os sirve de motivo para
levantaros vosotros, y abatirlo a él. Acordaos sino del ejemplo que nos dio el
samaritano. El Señor os dice que hagáis lo mismo si queréis conseguir la vida
eterna. Sed, pues, caritativos, asistid al prójimo con vuestros medios, con
vuestros auxilios, y si es necesario hasta con vuestro trabajo: esto no es una
obra de consejo, sino de precepto y de obligación.
TERCERO: El tercer carácter del amor del prójimo es
que debe abrazar a todos los hombres sin excluir a uno solo. El amor de la
mayor parte de los cristianos es un amor particular, un amor voluble y
caprichoso. Aquel sujeto será el mejor hombre del mundo con los extraños, en
casa de sus vecinos, o en las concurrencias; pero en su casa es una fiera, no
tiene ternura con su mujer, ni con sus hijos ni con sus criados.
No debe ser así,
hermanos míos; debemos amar a todos nuestros semejantes en general, y tener
compasión de todos los miserables; pero sobre todo debéis obedecer y cumplir el
mandamiento que el Hijo de Dios nos impuso, diciendo: Amad a vuestros enemigos,
orad por los que os persiguen, y haced bien a los que os calumnian.
CUARTO: Finalmente debemos amar a nuestro prójimo
en todo tiempo: este es el cuarto carácter del amor del prójimo; y la razón de
ello es que en todo tiempo es imagen de Dios e hijo de la Iglesia; y así no
debemos cansarnos nunca de hacer bien, como dice el Apóstol (II Tes 3,13) Toda
planta que mi Padre celestial no ha plantado será arrancada, nos dice
Jesucristo en su Evangelio (Mt 15,13) Cuando no amáis al prójimo sino porque es
vuestro pariente y bienhechor, o cuando dejáis de amarlo porque no os ha
correspondido o porque deja de haceros bien, este amor es humano y natural;
pero si continuáis en amarlo, no obstante las desgracias que le sucedan, o los
agravios que os haya hecho, este es un amor de caridad constante e invariable,
como Dios que es el motivo de él.
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