Un
padre sabe bien lo que cuesta transmitir esta herencia: cuánta cercanía, cuánta
dulzura y cuánta firmeza. Pero, cuánto consuelo y cuánta recompensa se recibe
cuando los hijos rinden honor a esta herencia. Es una alegría que recompensa
toda fatiga, que supera toda incomprensión y cura cada herida. La primera
necesidad, por lo tanto, es precisamente esta: que el padre esté presente en la
familia. Que sea cercano a la esposa, para compartir todo, alegrías y dolores,
cansancios y esperanzas. Y que sea cercano a los hijos en su crecimiento:
cuando juegan y cuando tienen ocupaciones, cuando son despreocupados y cuando
están angustiados, cuando se expresan y cuando son taciturnos, cuando se lanzan
y cuando tienen miedo, cuando dan un paso equivocado y cuando vuelven a
encontrar el camino; padre presente, siempre. Decir presente no es lo mismo que
decir controlador. Porque los padres demasiado controladores anulan a los hijos,
no los dejan crecer. El Evangelio nos habla de la ejemplaridad del Padre que
está en el cielo el único, dice Jesús, que puede ser llamado verdaderamente
Padre bueno. Todos conocen esa extraordinaria parábola llamada del hijo pródigo,
o mejor del padre misericordioso, que
está en el Evangelio de san Lucas en el capítulo 15. Cuánta dignidad y cuánta
ternura en la espera de ese padre que está en la puerta de casa esperando que
el hijo regrese. Los padres deben ser pacientes. Muchas veces no hay otra cosa
que hacer más que esperar; rezar y esperar con paciencia, dulzura, magnanimidad
y misericordia. Un buen padre sabe esperar y sabe perdonar desde el fondo del
corazón. Cierto, sabe también corregir con firmeza: no es un padre débil,
complaciente, sentimental. El padre que sabe corregir sin humillar es el mismo
que sabe proteger sin guardar nada para sí. Una vez escuché en una reunión de
matrimonio a un papá que decía: Algunas veces tengo que castigar un poco a mis
hijos... pero nunca bruscamente para no humillarlos. ¡Qué hermoso! Tiene
sentido de la dignidad. Debe castigar, lo hace del modo justo, y sigue
adelante. Así, pues, si hay alguien que puede explicar en profundidad la oración
del Padrenuestro, enseñada por Jesús, es precisamente quien vive en primera persona
la paternidad. Sin la gracia que viene del Padre que está en los cielos, los
padres pierden valentía y abandonan el campo. Pero los hijos necesitan
encontrar un padre que los espera cuando regresan de sus fracasos. Harán de
todo por no admitirlo, para no hacerlo ver, pero lo necesitan; y el no
encontrarlo abre en ellos heridas difíciles de cerrar. La Iglesia, nuestra
madre, está comprometida en apoyar con todas las fuerzas la presencia buena y
generosa de los padres en las familias, porque ellos son para las nuevas
generaciones custodios y mediadores insustituibles de la fe en la bondad, de la
fe en la justicia y en la protección de Dios, como san José.
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